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Marcela Pérez Silva: la alegría que canta en el nido de sus caracolas
Jazmina Caballero
Hermosa artista con una sonrisa abierta de par en par y una vida discreta, alejada de las cámaras; esposa de uno de los personajes más polémicos de la política nacional; madre de tres hijos, uno de los cuales padece de autismo. Ha vivido en Nicaragua por casi 20 años pero continúa siendo todo un misterio.
Lo que más recuerdo de esta hermosa mujer, o niña, o cigarra, es su alegría; me hace creer que en realidad existen la risa y el amor. Su vestimenta blanca y ligera es suficiente para recordarla con un halo de inexistencia, no porque no exista, sino porque me da la impresión de que ya nació, ya fue feliz, ya lo conoció todo y lo único que le hace falta es dar de todo lo que aprendió. Es Marcela Pérez Silva de quien hablo, aquella que cantó en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), durante el festival de Filología, una canción muy linda de Violeta Parra: “Gracias a la vida/que me ha dado tanto,/me dio dos luceros/que cuando los abro/perfecto distingo lo negro del blanco...”. O la que cantaba en aquel casete que yo hacía sonar tanto en mis años púrpura”.
Oriunda de dónde?
Soy oriunda del Perú: como la lúcuma y la chirimoya, como la flor de la cantuta y la del amancae; pero me siento sobre todo latinoamericana: de zamba y son, de palo’e mayo y vallenato, de marinera de mi tierra.
¿Nombre de tus padres y hermanos?
Mi papá se llamaba Jorge, era doctor. Partió como voluntario a asistir a las víctimas del terremoto de Huaraz, ahí se infectó con las aguas contaminadas y murió. Tenía 39 años, como Sandino, como el Che.
Mi mamá se llamaba Marcela, su inteligencia, su sensibilidad y su alegría fluían como el agua clarita y en ese manantial nos refrescamos quienes tuvimos la suerte de estar a su lado. Le encantaba pintar, cantaba lindo y cocinaba como los dioses (los golosos dioses: esos que preparan el maná del cielo y la ambrosía).
Mi hermano se llama Jorge Iván, es lingüista y profesor en la Universidad. A sus alumnos les enseña que todas las lenguas son iguales, como iguales son los seres humanos que las usan. Él dice que no hay una “manera correcta” de hablar, sino distintas variedades del idioma que, gracias a sus creativos hablantes, está vivito y coleando y se transforma. Esto, en un país multilingüe, discriminador y racista como el nuestro, es a la vez, transgresivo y liberador, profundamente democrático y revolucionario.
¿Cómo era el lugar de donde sos originaria?
Nací junto al mar, en una ciudad donde no llueve nunca pero, para compensar, el sismógrafo detecta un movimiento de la tierra por minuto, un temblor que valga la pena cada seis meses y un terremoto cada cuatro años.
Mientras mi mamá me gestaba, mi papá me elegía el nombre: sería varón y me llamaría Proletario Pérez. Ella vomitaba el alma y su tía la hacía comer naranjas “para que salga bien fuerte y bien peludo”. Nací pelona, pelusa y, contra todos los horóscopos, mujer.
¿De dónde te viene la alegría?
La alegría es una postura ante la vida, una manera de exorcizar las penas, un amuleto que el mal espanta.
¿Qué es la vida para vos?
Una celebración cotidiana. Una aventura magnífica y colectiva, en la cual te encuentras embarcada sin consulta, cuyas reglas debes ir entendiendo o quebrantando sobre la marcha, y que te enfrenta continuamente a desafíos imprevistos, a situaciones límite, a dichas y pesares compartidos que te ensanchan el corazón o te lo hacen papilla.
¿A quién admirás?
¡Uuuuy, a un montón de gente! Soy una admiradora devota e inveterada. Me encanta no haber perdido esa capacidad que tienen los niños: me deslumbran la belleza, la inteligencia, el talento de los demás. Su coherencia. Tomás me toma el pelo: dice que mis aplausos siempre resuenan sobre la ovación general. Es verdad. No aplaudo todo, pero cuando aplaudo, lo hago con el alma.
¿Nicaragua significa algo para vos?
Nicaragua sigue siendo el rojo y el negro que tiñeron mi camisa, cuando pintábamos el mural de la Alfabetización en el Comité de Solidaridad. Es el sombrero alón sobre las piernas de Blanquita Aráuz, desde una foto sepia junto a mi cama. Son las palabras de Tomás prendidas en mi corcho de Bologna: “Porque no se puede ser revolucionarios sin lágrimas en los ojos y sin dulzura en las manos…” Nicaragua es la sombra de Sandino centellando desde la loma de Tiscapa. Es una tinaja de San Juan de Oriente, un pajarito de madera balsa de Solentiname, una canción de Carlos Mejía Godoy. Es un 19 de Julio con lluvia y con banderas. Nicaragua fue el sueño colectivo de mi generación, el santo y seña con el que nos hermanamos los “nosotros” del mundo.
Y, por supuesto, es el lugar donde enterró el ombligo el amor de mi vida, la patria de los tres hijos que me nacieron de él. Nicaragua, por casi dieciocho años, ha sido mi hogar.
¿Qué es lo que menos te gusta de Nicaragua?
Cortázar la definió “violentamente dulce”: una parte me enamora, la otra me duele.
¿Qué estudiaste?
A los 16 años, en Lima, entré a la Escuela de Teatro del TUC. Aquellos fueron años esenciales en mi formación como persona. Esos locos lindos me enseñaron a oír la hierba que crece, me abrieron de par en par las ventanas del alma, me llevaron de la mano hasta el umbral mismo de la poesía. A los 18, con mis ojos nuevos, salí a recorrer el mundo: llegué a Italia, más precisamente a la Universidad de Bologna, ahí estudié Disciplinas del Arte, la Música y el Espectáculo (DAMS).
¿Hiciste la tesis que venias hacer a Nicaragua sobre el Grupo Gradas?
Cumplí con la primera etapa: recogí mucha información. Entrevisté a los protagonistas de esa aventura poético-revolucionaria. Sin embargo, a la mitad del camino se me derrumbaron el muro de Berlín y las certezas; se perdieron las elecciones en Nicaragua; y conocí a Tomás…
¿Cuándo te enteraste de tu amor por cantar?
Mi mamá cantaba zarzuela mientras tendía las camas. Mi papá, con la toalla amarrada a la cintura, dejaba de afeitarse para responderle. De ellos aprendimos a cantar, mi hermanito y yo, de la misma manera como aprendimos todo lo demás.
Cantar es la forma más linda de entregarse a los otros, de hacerse amiga de la gente. Además es delicioso. Como el chocolate, como la risa, como el amor: cantar genera endorfinas. ¡Y no engorda!
¿Has escritos canciones o sólo interpretas?
He escrito muchas canciones, pero a las pobres les cuesta darse a conocer. Primero, deben pasar por el tamiz de la autocrítica (soy implacable con mi propio trabajo) y luego vencer las trabas del pudor. Con mucho más desparpajo interpreto a Silvio o a Violeta Parra, que a mí misma, en un escenario. En todo caso, ellas se las arreglan para colarse. Calladitas, se deslizan en mis discos y en mis conciertos.
¿Qué es la música para vos?
Es la capacidad de vibrar, en sintonía con el universo. Es la revelación de que somos de este mundo: polvo de estrella, brizna de hierba, tiempo. Toca el sol su sinfonía cósmica y, aunque esta sea tan grave que nuestro oído no la percibe, su calorcito nos envuelve. El viento silba en redondo y hace brotar la vida. Cantan, a su manera, la ballena azul y la abeja, el desafinado sapo, el pájaro de las cuatrocientas voces y las sirenas; canta a la luna la cigarra y la hormiga bajo la tierra. Y cantamos los cronopios para aplaudir al sol, para abrazar al viento, para hacernos hermanos de nuestros compañeros de travesía.
Hablame de tus discos grabados…
Con Leonardo Croatto grabé los dos primeros: además de arreglista, director, productor y compositor de la mayoría de las piezas, Leo tocó casi todos los instrumentos y fue el técnico de sonido de los dos discos: esa imagen de hombre orquesta, de artista cabal y entrañable miloficios, lo pinta de cuerpo entero. Donde se canta lo hicimos en Puerto Rico en 1984, y es una antología cantada de cómo la poesía luchó y la lucha poetizó, en América Latina, de los indios Makiritare a Roque Dalton, según reza su breve subtítulo. El segundo, lo grabamos al año siguiente en Bologna, en el estudio que quedaba debajo de mi casa. Los vecinos nos dejaban la llave bajo del felpudo, así que De ríos y flores, que es un homenaje al poeta Javier Heraud, fue grabado de madrugada: de ahí su aire de nocturnidad...
Bajo la dirección de Lucho González grabé, en Lima, Cosas de mujeres en 1994. Yo hacía tiempo que musicalizaba y recopilaba la obra de las creadoras de América. ¡Llegué a tener un verdadero archivo de poetas y compositoras! Lo más duro fue la selección: tener que dejar cosas fuera, me dolió en el alma. Cosas de mujeres fue completado con las hermosísimas fotos de Lourdes Almeida: trabajar con ella fue una alegría!
Entre el 2001 y el 2004 grabé en Managua ¡Viva Sandino!, con arreglos de Andrés Sánchez, Eduardo Araica y Richard Loza. Ese disco es un poco la síntesis del trabajo que tuve la suerte de compartir con Richard, por calles y plazas, barrios y pueblitos, sobre camiones destartalados y bajo la sombrita de los palos de mango de la amada Nicaragüita. Con orgullo digo que es fruto del talento de algunos de los mejores y más queribles músicos del país, como Raúl Martínez. Y tiene el privilegio de contar con la voz, el acordeón y el corazón de Carlos Mejía Godoy quien, además, es autor de la mitad de los temas.
Mi última grabación la hice en México, con Félix Casaverde, piedra miliar de la música peruana. Maestrazo. Se trata de un disco con las canciones de Chabuca Granda. Creo que va a llamarse De canela en flor.
¿Momentos difíciles en tu vida?
Cuando le diagnosticaron el autismo a mi hijito Sebastián, pensé que no podía ocurrirme nada peor. Mi espíritu peleón me salvó del naufragio: me sumergí en los libros, en la internet y en cuanta conferencia encontré que me enseñara a ayudarlo. La muerte de mi mamá, en cambió, me dejó sin aliento. Huérfanos, mis guantes de box, dando puñetes al viento.
¿Cuál es la experiencia que más te halla impactado?
Conversar con Fidel.
¿Cómo catalogas tu relación con Tomás?
Una historia de amor. Intensa, turbulenta, apasionada. Necesaria.
Alguna vez él me dijo: “Ni siquiera me acerco a tu ideal de hombre. No me parezco a Antonio Banderas ni a Roque Dalton…” ¡No sé de dónde habría sacado que mi hombre ideal debía parecerse a ellos! En todo caso, se equivocaba: por nada del mundo cambiaría los dieciocho años de amor y combates que he tenido el privilegio y la alegría de vivir a su lado.
¿Qué piensas de la derogación del aborto terapéutico?
Me parece un retroceso a los tiempos en los que se quemaba a las brujas con leña verde. Una violación a los derechos de las humanas. Una vergüenza.
Yo estoy por la soberanía: la de los países y la de las personas. Las mujeres somos soberanas, dueñas de nuestros cuerpos: de nuestra sexualidad y sus opciones, de nuestra propia reproducción. Somos libres de decidir si queremos o no tener hijos: de elegir cuántos, cuándo y con quién. El estado debe ser el garante de esa libertad y, por supuesto, de la vida y la salud de sus ciudadanas. Creo que el acceso a la información, a los anticonceptivos y al aborto legal, seguro y gratuito, deben ser un derecho de todas las mujeres. No estoy a favor del aborto: ninguna mujer en el mundo lo está, pero éste suele ser el último, desesperado recurso frente a un mal mayor. Demasiadas chicas, demasiado chicas, mueren en Nicaragua por abortos mal practicados y muchas más lo harán, tras la aplicación de una ley que prohíbe salvarles la vida. La penalización del aborto terapéutico condena a las mujeres pobres de Nicaragua a la cárcel o a la muerte.
¿Qué piensas de la política y sus políticos, aquí?
Lo entrañable de Nicaragua fue su revolución de poetas que destituyeron al tirano. Lo novedoso, su dirección colegiada: una especie de mesa redonda de Arturo y sus caballeros. (Las damas brillaban por su ausencia). La revolución fue un huracán de luces que iba reduciendo a su paso el analfabetismo y los microbios corrientes, mientras los aires se llenaban de guitarras y poemas, de olor a vaho en cocina de leña. Entonces, el viejo ogro mandó la guerra: 50,000 muchachos cayeron, mientras sus armas quemaban la tierra y minaban la mar. En medio del duelo de una patria desgarrada y desangrada, apareció la señora de blanco: el gobierno de su yerno acabó con la educación gratuita y el tren, con los hospitales de todos y con todos los bienes del estado. Los dos gobiernos sucesivos, tan voraces como ineficientes, sólo aumentaron las desigualdades: en el país volvieron a campear el hambre, el analfabetismo, el desempleo.
Luego de dieciséis años, en Nicaragua ha renacido la esperanza: creo que hasta los desencantados, miran de reojo y cruzan los dedos. Ojalá el nuevo gobierno esté a la altura de tantos sueños.
¿Qué es la pobreza para vos?
La pobreza es una estafa de unos pocos, al resto de la humanidad. Un robo a mano armada, avalado por el injusto sistema de repartición de la riqueza que rige el mundo y que permite que el 10% de la población mundial consuma el 70% de las riquezas de la tierra. Según la FAO, este planeta azul y redondo podría dar de comer a una población dos veces mayor a la que puebla la tierra en nuestros días. Sin embargo, para que el norte pueda ser cada vez más opulento, millones de seres humanos mueren al año de hambre y desnutrición, no tienen acceso al agua potable, ni pueden llevar una vida digna, por causa de la pobreza. El 70% de los pobres entre los pobres, son mujeres. Las hijas de la Gran Diosa Madre son sólo dueñas del 1% de la propiedad de la tierra de cuyo vientre nacieron, y ganan menos de la mitad de lo que ganan los hombres que ellas mismas trajeron al mundo. Cada año, en el sur, quinientas mil mujeres mueren por aborto o mal parto. Poquito, casi nada, vale la vida de quienes pueblan de vida la tierra.
¿Qué piensas de los que dicen combatir la pobreza viviendo super bien?
La humanidad entera tendría que sentir como propio el deber de oponerse a este sistema injusto, que nos deshumaniza y ultraja. El aporte digno y solidario de todos, debe ser bienvenido. El granito de arena de cada quien, para que un mundo mejor sea posible.
¿Cuál es tu mayor temor?
La mentira, la deslealtad.
¿Cuál es tu mayor extravagancia?
No me baño los domingos: ¡como Shakira! Me paso el día en la cama con mis hijos, jugando a los almohadonazos o a la guerra de las pestañas, disfrutando del nerudiano placer poético de perder el tiempo.
Cuál es tu mayor logro?
Camila, Juan y Sebastián. Ayudar a crecer a esas tres personitas ha sido el más grande desafío de mi vida, la mayor responsabilidad y la más grande fuente de dicha. Sin duda, el “mayor logro”, la obra maestra.
¿Qué consideras como mayor desgracia?
La muerte.
¿Tus héroes del mundo real?
Los que son capaces de darse a los demás. Los consecuentes. Los imprescindibles. Un nombre: el maestro Orlando Pineda.
¿Cuál es tu lema?
¿Lema? no tengo, pero hay una frase que me encanta decir cuando la vida me deja sin palabras: ¡Maravilla del mundo!
Si te encontraras a vos misma, ¿qué te dirías?
¡Hola, guapa!
¿Qué quisieras ser cuando seas grande?
Quisiera ser astronauta, bailarina en el Bolshoi, exploradora de las profundidades de la mar; quisiera ser bióloga y descubrir la cura de las enfermedades endémicas y las epidémicas; erradicar el hambre en el mundo; derrotar el autismo… Pero creo que me conformaría con llegar a ser sabia como mi abuela María y joven como mi abuela Rosita, que ya va para los ciento dos años y no se cansan sus zapatos de andar el mundo.
¿Qué te hace falta?
Mi mamá.
¿Se esconde algo tras la Marcela alegre?
Soy transparente en mis alegrías y mis furias, en mis amores y mis desamores. Los chubascos y las tormentas suelen reflejarse en mi cara: no se esconden. A veces, como a todo el mundo, se me huracanea el viento y me deshojo. Otras veces, lloro y sonrío al mismo tiempo para conjurar el dolor: como cuando llueve con sol y se dice que la hija del diablo se casa…
¿Hasta dónde llega el grado de sacrificio que harías por tus hijos?
Esa imagen de madre dispuesta al sacrificio, de Mater Dolorosa con el corazón atravesado de puñales, como en la más truculenta iconografía religiosa, no va conmigo. Prefiero pensarme mater jubilosa, nutricia, protectora de sus cachorros, dadora de vida y calorcito.
Yo tuve la suerte de tener los hijos que quise. Su padre y yo los soñamos y les dimos nombre, mucho antes de entregarnos a las delicias de su fabricación. Fueron amados y celebrados desde el instante mismo en que empezaron a ser, dentro de mi barriga (Camila en Managua; Juan y Sebastián en la Ciudad de México). Al comienzo fueron sólo nuestras ganas de que fueran, luego fueron un latido, una chispita, una diminuta explosión intermitente del tamaño de un maní; al tiempo, se hicieron caballitos de mar, muñequitos de miga de pan. Tomás se asomaba a mi barriga y les hablaba, les leía los poemas que iba escribiendo para ellos. Yo los llevaba a pasear, orgullosísima, y les cantaba canciones; les hablaba el día entero para que se supieran esperados y bienvenidos.
Por eso me siento más afortunada que María: a ella le llegó la noticia de su maternidad adolescente cuando ya todo estaba consumado ¡y la pobrecita seguía virgen!
¿Hay alguna cosa que te gustaría cambiar de tu vida? ¿Qué cosas no volverías a hacer?
Muchas veces como a Alicia, la del país de las maravillas, la vida nos lleva a cruces de caminos. Del camino que elijamos cada vez, va a depender mucho más que nuestra ruta: cada elección va modelando nuestra propia identidad. El rumbo elegido nos aparta de los muchos “otros” que hubiéramos podido ser. Chuequecito o bien trazado, titubeante o decidido, por tramos asfaltado, en otros, polvoroso, somos el sendero que han ido dibujando nuestros pasos: el camino de herradura que conduce a nuestros sueños.
¿Algo que quisieras agregar?
Gracias, poeta.
Y sin más, se perdió entre las nubes del verano, se perdió en una multitud de cabezas informes y solo dejó escrito el recuerdo de aquella última vez que la vi, mientras endulzaba un café y sus mariposas revoloteaban insistentes en abandonar el jardín, pues mariposas pueden ser los hijos que queriendo ser aves se posan en el vientre para anidar. Marcela Pérez tiene tres colibríes.
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